La tormenta que
llegó para quedarse
Guillermo Idiart
Marzo de 2011
Aunque nadie sabe con exactitud hasta dónde llegará
su impacto, la tormenta revolucionaria que sacude
los cimientos del mundo árabe ya dejó algo en claro:
el sistema que dominó la región durante décadas no
volverá a ser el mismo. Las inclaudicables
manifestaciones en Medio Oriente y el norte de
Africa, que ya consiguieron el fin de los regímenes
de Egipto y Túnez, piden una profunda
reestructuración de los gobiernos autoritarios por
sistemas más pluralistas y socialmente justos. Y
luego de décadas de opresión y silencio, los pueblos
del mundo árabe sienten que están encauzados para
conseguirlo, aunque el camino puede resultar largo y
complicado. Por eso, ellos son los principales
ganadores de las revueltas, en detrimento de los
líderes autócratas que, en muchos casos apoyados por
Occidente, creyeron que podrían perpetuarse para
siempre.
En tanto, mientras capean la tormenta, los países de
la región aún buscan acomodarse en el nuevo
escenario. En Israel aún retumba la caída de Hosni
Mubarak, uno de sus aliados para mantener el
equilibrio en Medio Oriente. En cambio, su principal
rival, Irán, ya piensa en cómo sacar provecho de los
derrocamientos de líderes que eran adversarios al
régimen. El resto del mundo tampoco está ajeno a la
histórica ola de cambio. El gobierno comunista chino
sofocó toda protesta inspirada en la rebelión
tunecina que pudiera encender una mecha
revolucionaria en el gigante asiático. Para la otra
superpotencia global, Estados Unidos, el fin de los
regímenes árabes pro-occidentales fue un importante
revés, pero, a la vez, podría ser la oportunidad que
esperaba para reconciliarse con las sociedades
árabes.
China
El Partido Comunista aprendió la lección de las
siete semanas de protestas que, en 1989, terminaron
en un baño de sangre cerca de la plaza Tiananmen.
Rápido de reflejos ante el contagio de las revueltas
en el mundo árabe, que entre otras demandas reclaman
una apertura democrática, el gobierno chino no quiso
correr riesgos: desplegó un masivo control policial
para sofocar reiteradas convocatorias por Internet
para pedir mayores libertades. Los chinos conviven
con "gérmenes" parecidos a los que impulsaron a los
árabes: un régimen que aplasta a la disidencia,
corrupción, nepotismo, un creciente abismo entre
ricos y pobres y alza de los precios de los
alimentos.
Israel
Es el principal perdedor en la región, porque para
mantener el equilibrio en Medio Oriente había
apostado a líderes autócratas, como Mubarak, que
desempeñó un papel clave para estrechar el cerco a
Gaza y sofocar a Hamas. Los nuevos gobiernos que
surjan de la crisis árabe seguramente tendrán una
enérgica política exterior que desafiará la
hegemonía de Israel. Además, los grupos terroristas
antiisraelíes, como Hamas y Hezbollah, surgirán como
ganadores de la crisis social, a menos que el Estado
judío adopte medidas concretas para firmar un
acuerdo de paz y se retire de los territorios árabes
ocupados.
Autócratas y monarcas
Pobreza, corrupción, falta de libertad, alza de
precios de los alimentos y perpetuación de los
gobernantes. Los motores de las revueltas en el
mundo árabe han sido similares. En Túnez, que dio el
puntapié inicial con la Revolución de los Jazmines,
la presión del pueblo doblegó a Ben Ali, que aplicó
mano de hierro durante 23 años. Luego le llegó el
turno a Mubarak, que sostuvo su régimen durante tres
décadas y no tuvo más remedio que entregar el poder,
agobiado por la histórica revolución egipcia. En
Libia, Khadafy aún resiste los embates opositores y
la presión mundial para que abandone el poder tras
41 años. Casi nadie quedó a salvo: desde los
gobiernos de Yemen, Argelia y Siria, y el sultanato
de Omán, hasta las monarquías de Arabia Saudita,
Bahrein, Jordania y Marruecos. Todos debieron hacer
concesiones a sus poblaciones para aplacar el
contagio.
Europa
Los cambios en el mundo árabe -imparables, pero a la
vez inestables- agitan en Europa el miedo al
islamismo radical hostil a Occidente, a un masivo
éxodo migratorio y a la amenaza del terrorismo. Con
intereses clave en la región, aliado de los
gobiernos derrocados de Egipto y Túnez, y de otros
que aún tambalean, el bloque comunitario no tuvo
capacidad de reacción conjunta a la ola que sacude
al mundo árabe. De hecho, dejó la impresión de un
doble discurso: en la teoría, apoya la llegada de la
democracia y la defensa de los derechos humanos,
pero en la práctica le convenía más respaldar a los
regímenes autoritarios que contenían a los grupos
extremistas.
Estados Unidos
Para Washington, la caída de gobiernos árabes
prooccidentales, como el de Mubarak en Egipto y el
de Ben Ali en Túnez, fue un importante revés.
Durante décadas, la Casa Blanca los apoyó con el
objetivo de mantener estabilidad y seguridad en el
conflictivo mundo árabe. Pero luego del desconcierto
inicial por las rebeliones, Obama dio un paso al
frente e instó a sus asesores a apoyar una
transición ordenada hacia sistemas políticos más
abiertos en la región, ante el temor a que el vacío
de poder fuera ocupado por grupos radicales
islamistas. Así, la crisis podría abrir una puerta
para que Estados Unidos reconstruya los lazos de
confianza, rotos desde hace años, con las sociedades
árabes, que ven al gobierno norteamericano como un
cómplice de su opresión.
Al- Qaeda
La red terrorista no captó el mensaje de cambio
surgido de las revueltas árabes y no logró
protagonismo en un momento histórico para la región.
Más aún, Washington considera que el fin de las eras
de Ben Ali y Mubarak redujo a la nada el argumento
de Al-Qaeda de que la única manera de deshacerse de
un régimen autoritario para instalar la sharia (ley
islámica) es la violencia extremista. Sin embargo,
la organización de Osama ben Laden podría renacer:
si Khadafy cayera en Libia, sus células podrían
tener más libertad para moverse allí, al igual que
si golpes militares en otros países sofocaran las
sublevaciones que buscan democracia para el mundo
árabe.
Irán
El régimen de Ahmadinejad es, hasta ahora, uno de
los que se beneficiaron con la destitución y el
debilitamiento de líderes árabes que eran sus
adversarios, y ya piensa en cómo proyectar su
influencia en la región. Además, el gobierno logró
ahogar las protestas que desafiaban la autoridad del
presidente. Sin embargo, el final de la historia aún
no está escrito. Una de las razones por las que Irán
ha sido capaz de ejercer influencia en las
sociedades sunnitas fue porque el Egipto de Mubarak
renunció a su papel tradicional. Ahora, un gobierno
egipcio fuerte podría aguar los planes de Teherán. Y
más importante aún, las revoluciones podrían
profundizar la crisis de legitimidad de Ahmadinejad.
Países exportadores de petróleo
Una prolongada interrupción del suministro de crudo
en Libia y el temor a que las protestas se propaguen
en el epicentro de la producción petrolera mundial
-en especial, Arabia Saudita, el mayor exportador de
la OPEP- provocaron que el precio del petróleo se
disparara a su mayor nivel en más de dos años. La
incertidumbre por un verdadero "shock petrolero" aún
está latente y, con él, la posibilidad de que la
economía mundial caiga en recesión. Dentro de ese
escenario, uno de los beneficiados es la Venezuela
de Hugo Chávez, el principal exportador
latinoamericano y, paradójicamente, aliado de
Khadafy. También Rusia, con grandes reservas de
crudo, podría salir beneficiado. En América del Sur,
Brasil tiene gran potencial para aumentar la
producción luego de los últimos hallazgos de
reservas de crudo.
Habitantes del mundo árabe
Durante décadas oprimidos por regímenes
autoritarios, los grandes ganadores de la revuelta
son los pueblos del mundo árabe, que lograron
liberarse de sus miedos para rebelarse ante sus
líderes. Millones de árabes y musulmanes, sobre todo
los jóvenes, que no tenían voz, la recuperaron. La
actual revolución no se trata sólo de un reclamo por
salir de la pobreza y terminar con la corrupción,
sino de recuperar las libertades individuales. Por
primera vez en los últimos 40 años, los pueblos de
Medio Oriente y el norte de Africa están tratando de
determinar su futuro por su cuenta.