El comodín de la
desigualdad aparece en todo el mundo
Kenneth Rogoff
Marzo de 2011
Mientras siguen desarrollándose los dramáticos
acontecimientos en el norte de Africa, muchos
observadores fuera del mundo árabe se dicen a sí
mismos que todo gira alrededor de la corrupción y la
represión política. Pero el desempleo elevado, la
desigualdad ostensible y los precios en alza de las
materias primas básicas también son un factor
importante. Los observadores no deberían estar
preguntándose hasta dónde se propagarán
acontecimientos similares en toda la región, sino
qué tipo de cambios podrían producirse en casa
frente a presiones económicas similares, si no tan
extremas.
En el interior de los países, la desigualdad de
ingresos, riqueza y oportunidades posiblemente sea
mayor que en cualquier otro momento del siglo
pasado. En toda Europa, Asia y América, las
corporaciones nadan en efectivo, mientras su
implacable búsqueda de eficiencia sigue generando
enormes ganancias. La porción de la torta que les
corresponde a los trabajadores está reduciéndose,
gracias al alto desempleo, las jornadas reducidas de
trabajo y los salarios estancados.
Las mediciones de desigualdad de ingresos y riqueza
entre países están cayendo, gracias a un crecimiento
robusto constante en los mercados emergentes. Pero a
la mayoría de la gente le importa más lo bien que le
va en relación con sus vecinos que con ciudadanos de
tierras lejanas. A los ricos les está yendo bien.
Los mercados bursátiles globales se recuperaron.
Muchos países son testigos de un crecimiento
vigoroso de los precios de la vivienda, de las
propiedades comerciales o de ambos. Los renacientes
precios de las materias primas están creando enormes
ingresos para los dueños de minas y pozos
petroleros, incluso a pesar de que las subas de
precios de los alimentos básicos están desatando
disturbios, si no completas revoluciones, en el
mundo en desarrollo. Internet y el sector financiero
siguen desovando nuevos millonarios y hasta
multimillonarios a un ritmo asombroso.
El desempleo alto y prolongado afecta a muchos
trabajadores menos calificados como una plaga. En
España, el desempleo supera el 20 por ciento. No
ayuda para nada que al gobierno se lo esté obligando
a absorber medidas de austeridad para hacer frente a
la precaria carga de deuda del país.
Dados los niveles de deuda pública sin precedente en
muchos países, son pocos los que tienen
posibilidades sustanciales de abordar la desigualdad
a través de una mayor redistribución de los
ingresos. Países como Brasil tienen niveles tan
altos de pagos de transferencia de los ricos a los
pobres que mayores medidas en este sentido
socavarían la estabilidad fiscal y la credibilidad
antiinflación.
Países como China y Rusia, con una desigualdad
igualmente alta, tienen más posibilidades de una
mayor redistribución. Pero los líderes en ambos
países se han mostrado reticentes a tomar medidas
audaces por miedo a desestabilizar el crecimiento.
Alemania debe preocuparse no sólo por sus propios
ciudadanos vulnerables, sino también por cómo
encontrar los recursos para rescatar a sus vecinos
del sur de Europa.
Las causas de la creciente desigualdad en el
interior de los países son bien entendibles. Vivimos
en una época en la que la globalización expande el
mercado para los individuos ultratalentosos, pero
hace que la competencia deje afuera a los empleados
comunes. La competencia entre países por individuos
calificados e industrias rentables limita la
capacidad de los gobiernos de mantener impuestos
elevados a los ricos. La movilidad social está
afectada porque los ricos les brindan a sus hijos
una educación privada y ayuda posescolar, mientras
que los más pobres en muchos países no pueden
permitirse ni siquiera que sus hijos sigan yendo a
la escuela.
En el siglo XIX, Karl Marx observó las tendencias de
desigualdad en sus días y concluyó que el
capitalismo no podía sustentarse de manera
indefinida. Los trabajadores se levantarían y
derrocarían el sistema.
Fuera de Cuba, Corea del Norte y unas pocas
universidades de izquierda en todo el mundo, ya
nadie se toma en serio a Marx. El capitalismo generó
niveles de vida más altos durante más de un siglo,
mientras que los intentos de implementar sistemas
diferentes fracasaron.
Sin embargo, en un momento en que la desigualdad
alcanza niveles similares a los de hace 100 años, el
statu quo tiene que ser vulnerable. La inestabilidad
puede expresarse en cualquier parte. Fue apenas hace
poco más de cuatro décadas que los disturbios
urbanos y las manifestaciones masivas sacudieron al
mundo desarrollado, catalizando reformas sociales y
políticas.
Los problemas que enfrentan Egipto y Túnez son mucho
más profundos que en muchos otros países. Sin
embargo, sería un grave error suponer que la enorme
desigualdad es estable siempre que surja a través de
la innovación y el crecimiento. La desigualdad es el
gran comodín en la próxima década de crecimiento
global, y no sólo en el norte de África.