La rebelión
árabe diseña un nuevo equilibrio global
Luisa Corradini
Marzo de 2011
Las rebeliones democráticas que estremecen al mundo
árabe confirman la aceleración de la historia que se
registra desde la caída del Muro de Berlín.
Analizado desde una perspectiva histórica, ese
colosal desplazamiento de placas tectónicas parece
estar transformando radicalmente los equilibrios
geopolíticos que perduraban desde 1945 y comienzan a
diseñar el perfil del nuevo mundo que prevalecerá en
el siglo XXI.
Desde el derrumbe del Imperio Otomano en 1916 y, en
particular, desde el fin de la Segunda Guerra
Mundial, el factor dominante del mundo árabe era la
homogeneidad de monarquías absolutistas surgidas de
la colonización y sostenidas por el apoyo de las
grandes potencias occidentales. La uniformidad que
prevalecía desde la orilla del Atlántico, en
Marruecos, hasta las costas del mar de Omán, en el
extremo de la península Arábiga, comenzó a fisurarse
con el derrocamiento del rey Faruk en 1952 y, dos
años después, la instalación de un régimen de
coroneles nacionalistas dirigido por el egipcio
Gamal Abdel Nasser.
La onda expansiva de ese terremoto llegó en 1958 a
Irak, donde un golpe militar populista derrocó al
rey Faisal II y adoptó las bases ideológicas del
movimiento nacionalista árabe Baath, que conoció su
mayor implantación en Siria. Numerosos historiadores
interpretan que esa primera transformación global de
Medio Oriente constituyó una reacción al enorme
electroshock que significó la implantación de Israel
en el corazón de una región que durante siglos vivió
atormentada por la guerra, desgarrada por fronteras
dibujadas con lápiz de mina gruesa sobre un mapa de
estado mayor y sometida a la dominación de
conquistadores exteriores, desde los cruzados hasta
británicos y franceses, pasando por mamelucos y
otomanos.
Derrota impactante
El movimiento que comenzó a germinar en los años 50
experimentó un marcado cambio de orientación después
de la conmoción que significó la derrota de los
ejércitos árabes frente a Israel en 1967.
Esa humillación fue la que alimentó el progresivo
giro estratégico hacia la Unión Soviética y el
vuelco a la izquierda de los antiguos regímenes de
coroneles.
Ese segundo ciclo de la historia regional se
interrumpió primero con la llegada de los ayatollahs
a Irán y luego con el ascenso de los talibanes al
poder unos años después de la derrota del Ejército
Rojo en la guerra de Afganistán, que se prolongó de
1979 a 1989. Pero el verdadero factor desencadenante
de la transformación fue el derrumbe del Muro de
Berlín en 1989.
La desintegración del bloque comunista abrió la caja
de Pandora de la que lentamente comenzaron a surgir,
tanto en Medio Oriente como en Asia central, los
fantasmas islamistas que permanecían aletargados
desde el fin del Imperio Otomano.
El reemplazo de la religión marxista por el
integrismo islámico se sumó a la decepción y la
vergüenza que experimentó el mundo árabe después de
la arrolladora victoria de Estados Unidos en la
primera Guerra del Golfo contra Saddam Hussein, en
1991.
Esos dos episodios, en menos de un año, abrieron una
fase de resiliencia que se cristalizó a través de
dos expresiones de fundamentalismo islámico: una
vertiente terrorista -Al-Qaeda- que fue capaz de
"lavar el honor árabe" con los atentados del 11 de
Septiembre y una vertiente más política, pero no
menos extremista, que progresivamente fue ocupando
posiciones clave sobre el tablero de Medio Oriente (Hezbollah,
en el Líbano; Hamas, en Gaza, y ramificaciones del
integrismo chiita en Irak y la mayoría de los
emiratos del golfo Pérsico).
La intervención en Afganistán y la segunda guerra de
Irak ampliaron la falla abierta en la corteza
política de la región por la consolidación de
regímenes absolutistas, protegidos por estructuras
policiales opresoras, que eran incapaces de
comprender las mínimas aspiraciones de sus pueblos.
Ese fue el caldo de cultivo en el cual prosperó esta
rebelión, que remite, en cierto modo, a la
sublevación de 1916 contra el Imperio Otomano.
A
diferencia de ese mito fundador, fomentado por Gran
Bretaña, o de las experiencias socialistas
promovidas desde la penumbra por Moscú, esta
insurrección no sólo surgió de las entrañas de las
sociedades árabes, sino que sorprendió a todas las
potencias que hubieran podido o deseado capitalizar
ese movimiento.
Después de casi un siglo de experiencias
nacionalistas, socialistas e islamistas, de guerras
y de ilusiones frustradas -con Estados Unidos y la
ex URSS-, el rasgo dominante de este nuevo
movimiento es la aspiración democrática de nuevas
generaciones que no parecen dispuestas a tolerar ad
infinitum la opresión ni a repetir los errores de
sus ancestros.
Este movimiento es el resultado de la feliz
confluencia de las aspiraciones de una fracción de
la sociedad educada y con diplomas, pero sin
trabajo, con una nueva tecnología: Internet, la
telefonía celular y las redes sociales no sólo
fueron útiles para burlar la vigilancia de los
mukhabarat , esos servicios de inteligencia que
creían tener las sociedades bajo control.
Su mayor mérito consistió en transportar mensajes
simples y consignas en 140 caracteres que
reemplazaron ventajosamente los discursos
verborrágicos de los viejos líderes árabes, las
ideologías confusas y los sermones integristas. La
globalización, que abolió las distancias y redujo
las diferencias entre los pueblos, tampoco fue ajena
a ese fenómeno.
Como todos los desplazamientos de placas tectónicas,
este proceso exigirá meses o años para tomar una
forma precisa y consolidarse.
Pero, mirado en perspectiva, es evidente que este
proceso terminará de definir el perfil de un nuevo
mundo, que comenzó con la caída del Muro de Berlín,
y se aceleró con la eclosión de China y de los
países emergentes, el fin de la bipolaridad de la
Guerra Fría y el impacto de la crisis.
La transformación del mundo árabe confirma -si era
necesario- que la historia no tiene fin. Esa es, en
definitiva, la gran promesa que postula la aventura
humana.