Ni
Facebook ni Twitter: son los fusiles
Moises Naim
Marzo de 2011
Gracias a WikiLeaks, los tunecinos conocieron el
cable en el que el embajador norteamericano revelaba
la extraordinaria corrupción del dictador y su
familia. En Egipto, fueron los jóvenes hartos de
Hosni Mubarak y su régimen quienes se encontraron y
organizaron a través de Internet. Facebook y Twitter
hicieron posible que, por fin, el pueblo se lanzara
a las calles. El resto es historia. Pues no. Esta no
fue ni es la historia. Esta incompleta visión de lo
que allí sucedió no ayuda a entender la marea árabe
y su posible evolución de ahora en adelante.
No hay duda de que las redes sociales, en especial
Facebook y los mensajes a través de Twitter, y las
filtraciones de WikiLeaks tienen algo que ver con
los alzamientos populares en el mundo árabe. Algo.
Pero explicar lo que sucedió en Túnez, Egipto y
Libia, primordialmente en términos del impacto que
allí han tenido las nuevas tecnologías de la
información, es una exageración.
Esta perspectiva no nos explica, por ejemplo, por
qué Libia, un país con una bajísima penetración de
Internet (cerca de 350.000 usuarios en una población
de más de seis millones) o en Yemen, con índices aún
más bajos, han sido de los países más sacudidos por
las revueltas populares. Una de las sorpresas de las
protestas callejeras en Egipto ha sido su diversidad
social, religiosa, generacional y regional. Y aunque
en Egipto hay proporcionalmente más usuarios de
Internet que en el resto de la región, cabe suponer
que un porcentaje importante de quienes participaron
en las revueltas no tiene una cuenta en Facebook ni
"twittea"; muy probablemente, ni siquiera usa de
manera regular Internet.
Claro que, una vez que surge un grupo de líderes
coordinados por Internet y que logra movilizar a un
número mayor de seguidores, muchos otros que
comparten sus exigencias y deseos de cambio se les
unen, habiéndose enterado a través de canales
distintos a Internet. Aquí, la frase más importante
es que comparten sus exigencias y deseos de cambio.
Es esta frustración generalizada, producto de
décadas de malas políticas económicas, combinadas
con vasta corrupción, creciente desigualdad y una
amplia desesperanza, lo que crea motivación para
tomar las plazas. Y ver por televisión que en otros
países esto da resultados y que el pueblo en la
calle logra derrocar a un dictador que hasta hace
poco era intocable también es una potente fuerza
movilizadora. Y en esto los canales de noticias en
árabe que llegan vía satélite han sido una fuerza
mucho más poderosa que Internet. Pero, quizá, lo más
relevante es que la fascinación por el papel de las
nuevas tecnologías en los cambios políticos en el
mundo árabe ha opacado la importancia que en todo
esto ha tenido una vieja tecnología: los fusiles.
El papel de las fuerzas armadas en lo que sucedió en
Túnez y Egipto ha sido tanto o más determinante que
Facebook. En estos países, los militares les
quitaron el apoyo a los dictadores, y a estos no les
quedó más opción que irse. Si bien inicialmente
fueron los grupos en Facebook los que convocaron a
los egipcios a la plaza Tahrir, fue el ejército el
que hizo posible que la plaza se transformara en el
lugar donde las familias podían ir sin miedo a
manifestar su repudio al régimen.
Afortunadamente, los militares egipcios no tuvieron
la propensión genocida de algunos de sus colegas
libios. En Libia, las fuerzas armadas se
fragmentaron y algunas unidades y los mercenarios de
Khadafy se mostraron dispuestos a liquidar a sus
opositores. Otros uniformados están luchando al lado
del pueblo. Si los militares no se hubiesen dividido
y todos hubiesen acatado las órdenes de Khadafy de
matar como ratas a quienes protestan en las calles,
el futuro del régimen libio no estaría en duda.
Al final, los que definen cuándo y cómo muere una
dictadura son los militares. ¿Y qué tiene que ver
Internet con todo esto? Mucho menos de lo que
estamos leyendo y oyendo en las noticias de estos
días.
Reconocer esta realidad ayuda a vislumbrar mejor el
futuro de los países sacudidos por estas revueltas.
En Egipto, por ejemplo, a menos que la presión
popular continúe y obligue a las fuerzas armadas a
aceptar reformas más profundas, la revolución sólo
habrá servido para reemplazar una pequeña elite
corrupta por otra. Los militares egipcios son un
importante factor económico y obtienen enormes
beneficios de las malas políticas que tienen a miles
de jóvenes egipcios sin empleo y sin futuro. Y
quitar los privilegios al estamento castrense
seguramente exigirá mucho más que montar una página
en Facebook o denunciarlos en Twitter.