Una ola de
revoluciones "ni-ni"
José Ignacio Torreblanca
Febrero de 2011
Las revoluciones tunecina y egipcia (y lo que quede
por llegar) son revoluciones "ni-ni". Sus
protagonistas son los jóvenes, muchos de los cuales
ni estudian ni trabajan. Pero sobre todo son
revoluciones "ni-ni" en el sentido de que no han
sido instigadas ni por Estados Unidos ni por Irán ni
ninguna otra potencia.
Las revoluciones han surgido de dentro, desde abajo,
y se han extendido hacia arriba, y ahora también
hacia afuera. Su legitimidad es enorme, pues se han
hecho sin apoyo exterior. De hecho, han tenido lugar
pese al respaldo exterior que sostuvo, durante años,
a los regímenes que ahora se han desmoronado.
Curiosamente, Washington y Teherán han sido víctimas
el uno del otro. Al principio, Estados Unidos quedó
paralizado por el temor a que Egipto cayera en manos
islamistas. Los líderes iraníes olieron el miedo y,
sin reflexionar mucho, animaron a los egipcios a
volverse contra Mubarak. Ahora es sin embargo Irán
quien tiene pánico al contagio egipcio. Pero
Washington tampoco puede cantar victoria.
Detrás de la celebración oficial del cambio, el
enfado de Barack Obama es monumental. Día tras día
durante la crisis egipcia, sus colaboradores más
cercanos le aconsejaron que apostara por la
estabilidad, primero con Mubarak, luego con Omar
Suleiman, nunca por el cambio. Víctimas de la
inercia, el vicepresidente Joe Biden; el enviado
especial a Egipto, Frank Wisner y el Pentágono, la
CIA y el Departamento de Estado se equivocaron en el
análisis y minusvaloraron al pueblo egipcio.
Para Obama, el error ha tenido que ser duro de
asumir en el plano personal pues, mal aconsejado,
fue en contra de sus instintos e ignoró las
convicciones forjadas en esos años de formación y
experiencias vitales nos ha contado en sus libros.
Que el mismo presidente que escribiera la Audacia de
la Esperanza y lanzara el discurso de El Cairo se
traicionara a sí mismo y estuviera a punto de caer
del lado equivocado de la historia hubiera dibujado
un muy amargo final. Afortunadamente, el pueblo
egipcio puso suficiente audacia y esperanza encima
de la mesa como para salvar el legado de Obama.
El desastre sin paliativos que ha sido Occidente
tiene algunas ventajas. Por un lado, obliga a
suprimir todos los discursos condescendientes en
circulación hasta la fecha: desde Casablanca hasta
Teherán, no hay nada en el código genético de los
que allí viven que les impida preferir la libertad,
la justicia y la dignidad a la dictadura, la
corrupción y la tortura. Tener que recordar lo obvio
refleja bien hasta dónde habíamos caído.
Pero además de recuperar su dignidad, tunecinos,
egipcios y otros podrán a partir de ahora recuperar
también su historia.
Durante 50 años, Occidente ha interferido, puesto,
depuesto, apoyado y derrocado en función de sus
intereses estratégicos, casi nunca en función de sus
valores. Ahora, actuando por sí mismos y sin ayuda
de nadie, egipcios y tunecinos han pulverizado el
legado del colonialismo y se han adueñado, por fin,
de su presente y de su futuro.
A
partir de ahora, los regímenes de la región serán lo
que sus ciudadanos puedan o quieran hacer de ellos:
habrá países que triunfen, otros que fracasen y
otros que queden en tierra de nadie. A las
democracias establecidas les toca ayudar, pues es en
su interés. Pero deberán hacerlo sin paternalismos,
porque sus errores han sido flagrantes, aconsejan
humildad y, sobre todo y para variar, escuchar.