El fin de los
estereotipos en el mundo árabe
Nicholas D. Kristof
Febrero de 2011
Es un nuevo día para el mundo árabe, y esperemos que
también lo sea para las relaciones de Estados Unidos
con ese mundo.
Lo cierto es que Estados Unidos ha dejado mucho que
desear en las últimas semanas en Túnez y en
Egipto... y en todo Medio Oriente durante décadas.
Apoyamos a autócratas corruptos con tal de que el
petróleo siguiera llegando y no fuesen demasiado
agresivos con Israel. Incluso durante el último mes
parecíamos desconectados de los jóvenes de la
región, como Ben Ali o Mubarak. Aun reconociendo que
la elaboración de la política exterior es mil veces
más difícil de lo que parece, me permito sugerir
cuatro lecciones que podríamos aprender de nuestros
errores:
1) Dejar de tratar a los fundamentalistas islámicos
como si fueran el cuco y no permitir que sean ellos
quienes determinen la política exterior
norteamericana. La paranoia de los norteamericanos
frente al islamismo ha hecho tanto daño como el
propio fundamentalismo islámico.
En 2006, llevó a Estados Unidos a dar un guiño de
aprobación a la invasión de Somalia por parte de
Etiopía, que fue catastrófica para los somalíes y
cuyo resultado fue un crecimiento del extremismo
islámico en ese país. Y en Egipto nuestro terror al
islamismo nos paralizó y nos dejó del lado
equivocado de la historia. Nos metemos en camisa de
once varas al actuar como si la democracia fuera
buena para Estados Unidos e Israel pero no para el
mundo árabe. Durante demasiado tiempo hemos tratado
al mundo árabe como si fuera sólo un campo
petrolero.
Son demasiados los norteamericanos que compraron ese
cómodo estereotipo de que la democracia no podía
crecer en territorio árabe o de que los
beneficiarios de un gobierno popular serían los
extremistas como Osama ben Laden. Los tunecinos y
los egipcios han roto con ese estereotipo, y el
principal perdedor será Al-Qaeda. No sabemos qué es
lo que le espera a Egipto -y existe un riesgo
considerable de que quienes ahora tienen el poder
intenten preservar el "mubarakismo" sin Mubarak-,
pero los egipcios ya han demostrado el poder de la
no violencia de una manera que socava el discurso
del extremismo. Será fascinante ver si más
palestinos adoptan las manifestaciones no violentas
en Cisjordania como estrategia para enfrentar los
asentamientos ilegales de Israel.
2) Necesitamos mejor información de inteligencia, no
la que surge de interceptar las llamadas de un
presidente a su amante, sino la que se obtiene en
contacto con los desposeídos.
Después de la revolución iraní de 1979 se realizó
una dolorosa autopsia para entender por qué la
comunidad internacional no había advertido todas las
señales de lo que se venía, y creo que ahora habría
que hacer lo mismo.
Para ser sinceros, nosotros los periodistas también
sufrimos de la misma miopía: no supimos transmitir
adecuadamente el descontento que había con Hosni
Mubarak. El caso de Egipto debería alertarnos para
no caer en el discurso que cree que un lugar es
estable porque es estático.
3) Las nuevas tecnologías han aceitado los
mecanismos de la revuelta. Facebook y Twitter ayudan
a los disidentes a conectarse entre sí. Gracias a
los celulares con cámara, la brutalidad del gobierno
muy probablemente termine en YouTube, lo que hace
subir el costo político de la represión.
Tal vez la tecnología más crítica -algo difícil de
admitir para un escriba como yo- sea la televisión.
Fueron las transmisiones satelitales de la
televisión árabe, como las de Al-Jazeera, las que
quebraron el monopolio gubernamental de la
información en Egipto. Estados Unidos ha fustigado
con demasiada liviandad a Al-Jazeera, pero esa red
hizo más para fomentar la democracia en el mundo
árabe que Estados Unidos.
Deberíamos invertir más en estas tecnologías de la
información. El Congreso ha asignado un presupuesto
para fomentar la libertad global en Internet y esa
iniciativa podría ser un arma muy poderosa en el
arsenal de nuestra política exterior.
4) Vivamos de acuerdo con nuestros valores. En Medio
Oriente aplicamos una realpolitik que fracasó.
Condoleezza Rice tenía razón en 2005 cuando dijo en
Egipto: "Durante 60 años, mi país ha buscado la
estabilidad a expensas de la democracia aquí en
Medio Oriente, y no hemos conseguido ninguna de las
dos".
No sé qué país será el siguiente. Algunos dicen
Argelia, Marruecos, Libia, Siria o Arabia Saudita.
Otros sugieren que Cuba y China son vulnerables.
Pero sabemos que en muchos lugares el descontento
tiene raíces profundas y que existe un deseo de
mayor participación política. Y la lección de la
historia, desde 1848 hasta 1989, indica que los
levantamientos son contagiosos y se esparcen como
reguero de pólvora. La próxima vez, no dejemos de
tomar partido.
Después de un largo período de indecisión, el
presidente Barack Obama encontró el viernes el tono
justo cuando habló después de la caída de Mubarak.
Dio su apoyo abierto al poder popular y dejó en
claro que son los egipcios quienes decidirán su
propio futuro. Esperemos que sus palabras sean
reflejo de un nuevo día no sólo para Egipto, sino
también para la política exterior de Estados Unidos
hacia el mundo árabe. Inshallah.