Valparaíso, Chile,

 

Para EE.UU. e Israel, la hora de pensar en grande

Roger Cohen

Febrero de 2011

 

La cuestión central en Egipto puede reducirse a esta pregunta: ¿estamos frente a Teherán en 1979 o Berlín en 1989?

¿Es éste un amplio levantamiento contra las dictaduras cuyo objetivo de conquistar libertades democráticas será usurpado por organizaciones islámicas, como ocurrió con la revolución iraní? ¿O es el final del Parque Jurásico Arabe, desde Yemen hasta Túnez, gobernado por déspotas envejecidos, y el principio de una primavera democrática tan transformadora del mundo como el colapso del imperio soviético?

Si se trata de lo segundo, como yo creo, es crucial que se haga bien. Y para hacerlo será necesario que el todavía inexperto presidente Barack Obama muestre toda la habilidad diplomática que Estados Unidos desplegó para la unificación de Europa en 1989 y que también tome prestada la idea del Plan Marshall de 1947 para respaldar el nacimiento de la democracia árabe y egipcia.

También será necesario que Israel muestre al menos una parte de la valentía que demostró Anwar el-Sadat cuando visitó ese país en 1977. La valentía de dejar de lado el mantra de la seguridad que en cada opositor democrático a Hosni Mubarak cree ver un jihadista en potencia y de extender la mano a las fuerzas modernizadoras dentro del mundo árabe, que saben que la guerra es estéril. Pero antes de eso, establezcamos cuáles son las dos posiciones en este acalorado debate. Israel y sus partidarios conservadores adhieren a la analogía con Irán. En el despertar egipcio ven, sobre todo, una amenaza.

El primer ministro Benjamin Netanyahu lo expresó así: "Nos preocupa que, cuando se producen cambios rápidos, sin que la democracia funcione en todos sus aspectos, lo que ocurre -como ya ha sucedido en Irán- es el surgimiento de un régimen islamista opresivo y radicalizado. Ese régimen suprimirá los derechos humanos, no permitirá que haya democracia ni libertad y se convertirá en una amenaza para la paz".

Los intelectuales árabes han adoptado un punto de vista diferente, que se expresa acabadamente en las palabras de Rami Khouri, de la Universidad Norteamericana de Beirut: "Somos testigos del momento épico, histórico, del nacimiento de conceptos que durante mucho tiempo les fueron negados a los árabes comunes: el derecho de definirnos a nosotros y a nuestros gobiernos, de establecer nuestros valores nacionales, de dar forma a nuestra forma de gobierno".

Estados Unidos -que con Gaza se quemó las manos y en Irak tuvo que bajar los humos- ha propuesto el camino intermedio de la "transición ordenada". Washington ha dejado en claro que Mubarak se tiene que ir, pero probablemente no ya mismo. Hillary Clinton repitió una versión sutilmente distinta de las palabras de Netanyahu: "Las revoluciones han derrocado dictadores en nombre de la democracia, para que luego el proceso sea secuestrado por autócratas nuevos. En otras palabras: nos gustaría ver una versión árabe de 1989, pero nos hemos quemado demasiadas veces como para no vislumbrar a Irán en 1979. Esa fecha está marcada a fuego en la memoria diplomática norteamericana. Estados Unidos se aferró durante demasiado tiempo al sha y terminó perdiendo Irán. A partir de entonces, Egipto se convirtió en el puntal musulmán alternativo de los intereses estratégicos norteamericanos en Medio Oriente. No debe extrañarnos entonces que Estados Unidos esté tan preocupado por la "pérdida" de Egipto. Salvo Irán y Egipto, las dos grandes naciones-Estado de Medio Oriente, no hay nada más que "tribus con banderas".

Se impone ahora hacer un paréntesis sobre Irán. En Teherán se ha generado un absurdo debate entre un régimen que busca reivindicarse con los levantamientos y el movimiento de oposición Verde, cuyo coraje de 2009 fue un importante precursor de los hechos de Túnez y El Cairo.

El líder supremo, Ali Khamenei, declaró sobre Egipto: "Siempre nos hace felices que un pueblo musulmán levante su puño contra los enemigos de la religión".

¡Pero por favor!

Quien dice la verdad es Mir Hussein Moussavi, líder de la oposición iraní, que trazó una línea recta entre Mubarak y Khamenei: dos hombres que ordenan que "se rompan los lápices y se encarcele a los disidentes".

Tal como dijo el director de cine egipcio Yousry Nasrallah: "Para los egipcios no es ninguna inspiración una revolución iraní que encarcela a los realizadores de cine, reprime a la oposición y tortura a la gente, ¡ni siquiera es una inspiración para la Hermandad Musulmana!

No, los alzamientos en Egipto tienen que ver con los mismos derechos individuales que Teherán despreció en 2009 y que los Estados árabes seguros apoyados por Occidente se han ocupado de negar: el derecho al voto, el imperio de la ley, la libertad de expresión. Casi todas las conversaciones que escuché por las calles de El Cairo durante la última semana giraban alrededor de estos temas.

Israel debería dar la bienvenida a este despertar. Ha sido la negación de esos derechos por parte de los déspotas árabes lo que potenció la retórica populista de Irán en toda la región. Nada reduciría a Irán más rápidamente que una democracia árabe.

Los hechos de la plaza Tahrir son esperanzadores para Israel también por otro motivo: los individuos que no les encuentran sentido a su existencia -el corazón de la condición árabe- son precisamente los más dispuestos a subsumir sus identidades al deseo de muerte jihadista que todo lo resuelve.

Los Estados ricos del golfo han hablado de la paz palestino-israelí pero nunca han transitado su camino. Si Obama ahora adhiere a 1989 y no a 1979, entonces podría torcerles el brazo a los aliados del golfo. Debería asegurarse de que la democracia egipcia pueda cumplir, preparando un Plan Marshall para el mundo árabe democrático que se financie con dinero del petróleo.

En cuanto a Netanyahu, debería emular a Sadat y viajar a El Cairo para abrazar al presidente egipcio que resulte elegido democráticamente. Todavía no hemos llegado a esa instancia, pero éste es el momento de pensar en grande y mostrar coraje. Este no es sólo el 1989 del mundo árabe: también es el 1989 de Obama.