China, Twitter y
los jóvenes vs. "el Faraón"
Thomas L. Friedman
Febrero de 2011
Cualquier persona que haya seguido de cerca la
cuestión de Medio Oriente durante un tiempo sabe que
después de cualquier cataclismo en esa región, las
cinco palabras más peligrosas son: "Nada volverá a
ser igual". Al fin y al cabo, la región absorbió la
caída del Muro de Berlín y el surgimiento de Google
sin pestañear.
Pero mientras viajo por Israel, Jordania y
Cisjordania para dimensionar los efectos de la ola
de choque que viene desde Egipto, estoy convencido
de que las fuerzas que sostuvieron el statu quo
durante tanto tiempo -petróleo, autocracia, la
distracción de Israel y el miedo al caos que podría
venir con el cambio- ahora enfrentan finalmente a un
motor de cambio que es aún más poderoso: China,
Twitter y los jóvenes veinteañeros.
Por supuesto que China per se no está alentando las
revueltas de estos lugares, pero lo que sí está
detrás es el creciente consumo de carne, maíz, trigo
y aceite de los países en desarrollo liderados por
China y el bloque asiático. Los aumentos en los
precios de alimentos y gasolina que azotaron Medio
Oriente en los últimos seis meses claramente
agudizaron el descontento con los regímenes
ilegítimos, especialmente entre los jóvenes, los
pobres y los desempleados. Es por eso que ahora
todos los gobiernos se apresuran a aumentar los
subsidios y los salarios, aun sin saber cómo van a
pagarlos o, lo que es peor, sacando dinero del
presupuesto destinado a la construcción de escuelas
e infraestructura.
Pero China es un desafío para Egipto y Jordania por
otras razones. Hace años, escribí acerca de los
empresarios egipcios que para Ramadán importaban de
China faroles tradicionales que venían con un
microchip con música folklórica egipcia. Si China
puede fabricar juguetes para Ramadán más baratos y
atractivos que los mal pagados trabajadores
egipcios, hay un problema de competitividad. Hoy,
Egipto, Jordania, Yemen y Túnez tienen un ejército
rebosante de frustrados: los "educados inempleables".
En los papeles, tienen un título universitario, pero
en realidad no cuentan con habilidades que les
permitan competir globalmente. Acabo de volver de
Singapur: su gobierno está obsesionado con
cuestiones como la forma de enseñar mejor las
fracciones a los chicos de tercer grado. Esa no ha
sido precisamente la obsesión de Hosni Mubarak.
Miro a los jóvenes que se concentran hoy en el
centro de Ammán, y a los miles que se reunieron en
Egipto y Túnez, y mi corazón sufre por ellos. Tanto
potencial humano y sin embargo no tienen la menor
idea de lo atrasados que están; o quizá sí lo sepan
y por eso se sublevan. El gobierno de Egipto ha
desperdiciado los últimos 30 años acosándolos con la
intolerancia blanda de las bajas expectativas:
"Tengan paciencia. Egipto tiene su propio ritmo,
como el Nilo". Genial. Singapur también tiene su
propio ritmo: el de Internet.
En el mundo árabe hay 100 millones de jóvenes de
entre 15 y 29 años, muchos de ellos varones sin una
educación que les permita conseguir un buen trabajo,
comprarse un departamento y casarse. Si a eso se le
suma el alza de los alimentos, la difusión de
Twitter, Facebook, los mensajes de texto y otras
tecnologías, se convierte en una máquina muy
poderosa.
En Jordania, los oídos me retumban con quejas sobre
la corrupción, la frustración con el rey y la reina,
y el disgusto por la enorme brecha entre ricos y
pobres. El rey Abdullah, que la semana pasada
despidió a su gabinete y prometió una verdadera
reforma, tiene mucho trabajo por delante. Y la gente
no está dispuesta a conformarse con más de lo mismo.
Ahora lo dicen sin reparos, y ya no firman sus
comentarios en los blogs con seudónimos del tipo "Mohammed
viviendo en Suecia".
Jordania no va a estallar hoy. El país hace
equilibrio entre las tribus beduinas de Cisjordania
y los palestinos cisjordanos, quienes en 1970 se
enfrentaron en una guerra civil. "No hay manera de
que los cisjordanos se unan a los palestinos para
derrocar a la monarquía hachemita", me comentó un
general jordano retirado. Pero ese equilibrio a su
vez dificulta la posibilidad de una reforma.
Los eventos de Egipto evidentemente fueron un
llamado de atención para la monarquía. El desafío
que enfrenta ahora el rey es convencer al pueblo de
que "su voz tendrá más peso en el cuarto oscuro que
en las calles", dijo Salah Eddim al-Bashir, miembro
del Senado de Jordania.
Pienso que lo que pasa hoy en Egipto es la
revolución de 1952, liderada desde arriba por los
militares, contra la revolución de 2011, conducida
desde abajo por el pueblo. Para que Egipto tenga un
final feliz, el ejército tiene que ceder parte de su
poder e iniciar un proceso de transición política
justo, que abra espacio para que las fuerzas de
centro puedan construir precisamente lo que Mubarak
nunca permitió: partidos políticos legítimos,
independientes, modernizadores y laicos, que puedan
competir en elecciones libres contra la Hermandad
Musulmana, que hoy es el único partido político
propiamente dicho.
Hasta ahora, las cosas eran fáciles para la
Hermandad. No tenían oponentes laicos legítimos. Lo
único que sabían decir era: "La respuesta es el
Islam" o "Mubarak es sionista", y con eso conseguían
el 20% de los votos. Si Egipto y Jordania pueden
construir una nueva política, por primera vez la
Hermandad enfrentará una competencia real de los
centristas moderados de ambos países y lo saben.