La revuelta pone
en aprietos a la Casa Blanca
Silvia Pisani
Febrero de 2011
La efervescencia popular en Egipto puso en un
aprieto a la política exterior norteamericana, que
tiene en el régimen del presidente Hosni Mubarak a
un aliado estratégico, al tiempo que se le hace
difícil desentenderse de un reclamo popular de
libertad y cambio político.
"La violencia no es el camino", manifestó ayer el
presidente Barack Obama, con una declaración en la
que, sin embargo, trató de hacer equilibrio con lo
que reclaman las protestas.
"En reiteradas ocasiones he exhortado a Mubarak a
actuar de modo que su gobierno hiciera progresos en
materia de reforma política y económica" y de
respeto a los derechos humanos. "Esto es
absolutamente crucial para el bienestar a largo
plazo" del país, matizó el mandatario.
Horas antes, la secretaria de Estado norteamericana,
Hillary Clinton, había sido bastante más dura al
reclamar al gobierno de Mubarak que "no impida las
protestas pacíficas, ni bloquee las comunicaciones,
incluidas las redes sociales" que operan por
Internet, como Facebook y Twitter.
Para Clinton, el gobierno egipcio tiene ahora "una
importante oportunidad para implementar reformas
políticas, económicas y sociales, con el objeto de
responder a las legítimas necesidades e intereses
del pueblo egipcio".
El gobierno norteamericano enfrenta un dilema en sus
aún inciertos esfuerzos en Medio Oriente. Allí
Mubarak ha sido su aliado, pero los reclamos contra
un régimen de tres décadas resultan difíciles de
desoír y, si la situación se agrava, la revuelta
podría expandirse a otros países en la región.
"Moverse en esto es como avanzar en un campo
minado", dijo un veterano diplomático. También hubo
inquietud en el Capitolio, mientras que el saliente
vocero de la Casa Blanca, Robert Gibbs, dio una
nueva muestra del elaborado discurso oficial al
respecto.
"Apoyamos los derechos universales de reunión y de
expresión. Son valores universales. Pero también
somos un importante aliado de Egipto y seguiremos
siéndolo", expresó.
Analistas locales coinciden en que la situación
constituye un dilema para la diplomacia
norteamericana, que aún no ve luz en sus esfuerzos
de paz en la conflictiva región de Medio Oriente.