El viento de
sublevación arrasa todo a su paso en el mundo árabe
Luisa Corradini
Febrero de 2011
El viento de sublevación que sopla en el mundo árabe
bien podría arrasar todo a su paso. Inmolaciones por
el fuego -siguiendo el ejemplo del joven tunecino
que inició "la revolución de los jazmines"-,
disturbios, tensiones sociales y políticas
estallaron en escasos días en todos los países
árabes.
El súmmum de esa ola de agitación se produjo
anteayer en Egipto, donde la policía lanzó gases
lacrimógenos contra miles de manifestantes que
reclamaban reformas sociales y políticas.
Desde Argelia al sultanato de Omán, pasando por
Jordania, Yemen o Kuwait, la revolución tunecina
parece haber puesto al descubierto una hoguera
latente de resentimiento, alimentada desde hace
tiempo por la indiferencia de unos dirigentes
autócratas y con frecuencia corruptos, más
preocupados por permanecer en el poder que por el
bienestar de sus administrados.
De los 22 países árabes, donde viven más de 350
millones de personas, sólo tres pueden llamarse
democracias y todas están aquejadas por profundos
males. Irak, que sigue siendo presa del sectarismo y
los kamikazes, vive una democracia impuesta por
Estados Unidos. Ocupados por Israel, los territorios
palestinos sólo tienen de un Estado el nombre. En el
Líbano, el nombramiento de Najib Mikati como primer
ministro, apoyado por el Hezbollah proiraní y por
Siria, vuelve a colocar a ese país al borde de la
guerra civil.
El resto de la región pasa de las más terribles de
las dictaduras, como en Libia, a las autocracias más
paternalistas, como en Qatar, con matices de
regímenes autoritarios y oligárquicos aquí y allá.
Si bien las condiciones difieren en cada país de la
región, los problemas que aquejan al mundo árabe son
endémicos: concentración de poder y riquezas en unas
pocas manos, escasas infraestructuras, sistemas de
educación primitivos, salud pública casi inexistente
e ingresos cada vez más escasos para una población
que debe hacer frente al aumento constante de los
alimentos y la vivienda. Corrupción y nepotismo
reinan en medio de una ausencia total de
transparencia y de mecanismos de control. Todos esos
problemas deben ser tratados a la brevedad. Si no se
ha hecho hasta ahora es en gran parte
responsabilidad de Occidente, obnubilado por el
fantasma del islamismo.
"Hallar el punto de equilibrio entre las
aspiraciones democráticas de la juventud árabe y los
imperativos estratégicos y económicos de un gran
país, nunca es fácil", señala el historiador
Benjamin Stora. Muchas veces, esos objetivos obligan
a apoyar a gobiernos impopulares y autocráticos. Esa
es la explicación de la manifiesta antipatía que
expresan los jóvenes árabes contra Europa y Estados
Unidos.
Muchos analistas creen que éste es el momento
propicio para modificar esa desconfianza, tratando
de hacer avanzar la democracia en Medio Oriente. Los
estrategos occidentales argumentan, no obstante, que
es imposible medir todos los países de la región con
la misma vara.
El fantasma del Islam
Una sublevación en Túnez, un actor regional
periférico, no es lo mismo que la desestabilización
de Egipto, la mayor potencia regional. Como el país
más poblado de Medio Oriente, primera potencia
económica y líder de la región desde los años 50,
Egipto es un aliado crucial para Washington y la
Unión Europea (UE) en el conflicto
palestino-israelí. La posibilidad de que ese gigante
pueda caer en manos del islamismo es simplemente
impensable.
Sin embargo, muchos otros académicos consideran
falaces los eternos argumentos de que una mayor
apertura resultará inevitablemente en la toma de
control por parte de los islamistas.
Por otra parte, nada prueba que la práctica del
islam -al menos sus formas más moderadas- sea
incompatible con un régimen político democrático y
multipartidario.
"Turquía es el ejemplo perfecto. Un país gobernado
por un partido islámico responsable, que acepta
controles democráticos y reglas constitucionales que
incluyen la regulación del Estado y de los ritos",
precisa François Heisbourg, especialista en
relaciones internacionales.
También son un ejemplo numerosos países asiáticos,
como Malasia o Indonesia, que intentan consolidar
sus sistemas democráticos.
¿Y si en efecto los integristas islámicos llegaran
al poder gracias al voto? "Los árabes deberían tener
la posibilidad de votar por los islamistas si eso es
lo que desean", responde en su último número el
semanario británico The Economist.
La idea parece estar abriéndose camino en las
capitales occidentales. Tanto en Estados Unidos como
en la UE son numerosos los dirigentes que parecen
decididos a cambiar el prisma con que se ha mirado
al mundo árabe hasta hoy. "Las autoridades deberían
escuchar el reclamo de la gente" que manifestó en
las calles de Egipto, dijo el vocero de Catherine
Ashton, jefa de la diplomacia europea.
Teniendo en cuenta el resultado de los regímenes
autocráticos que gobiernan la región desde hace
décadas, muchos analistas creen que llegó la hora de
permitir que esos pueblos elijan libremente sus
propios gobernantes. "Es un riesgo para ellos y para
el resto del mundo", reconoce Heilsbourg. "Pero
también es probable que valga la pena."