Valparaíso, Chile,

 

El rol decisivo de la "dinastía" militar

Luisa Corradini

Febrero de 2011

 

Es posible que caiga Hosni Mubarak. Pero las fuerzas armadas difícilmente permitirán que la salida del presidente arrastre al régimen político-militar instaurado hace seis décadas por Gamal Abdel Nasser. Desde el golpe nacionalista de 1952 que derrocó al rey Faruk, los militares son el verdadero eje de poder en Egipto. Ahora, una vez más, serán el factor que determinará el desenlace de la crisis que enfrenta Mubarak.

Las fuerzas armadas son un caso casi único en la historia moderna de Medio Oriente. Desde que llegaron al poder nunca permitieron que los civiles les arrebataran el control de los resortes decisivos de la política y la economía. Los cuatro presidentes que tuvo Egipto en estos 59 años fueron militares (Mohammed Naguib, Nasser, Anwar el-Sadat y Mubarak).

Como una dinastía que se perpetúa en el mando, la actual elite castrense es la heredera (ideológica) del Movimiento de Oficiales Libres, creado por Nasser con jóvenes menores de 35 años, casi todos surgidos de hogares campesinos o de clase media. Aun en la actualidad, la carrera militar representa casi el único ascensor de promoción social.

Su único divorcio de la sociedad se produjo en 1967, después de la humillante derrota sufrida en la Guerra de los Seis Días. Esos mismos oficiales recuperaron el honor perdido con el brillante desempeño que tuvieron en la Guerra de Yom Kippur, de 1973. La estrecha relación que mantienen con la sociedad permite comprender el verdadero alcance que tiene el comunicado emitido anteayer, en el que declararon que las actuales reivindicaciones populares eran "legítimas" y se comprometieron a no disparar contra los manifestantes.

A pesar de su imbricación con la sociedad, los militares en actividad mantienen un perfil extremadamente bajo. Nadie conoce los nombres de los altos mandos, menos aún sus opiniones. Por eso la declaración del lunes tiene una importancia crucial.

Uno de los documentos de la diplomacia norteamericana revelados por WikiLeaks a fines de 2010 afirmaba que, si bien era una "institución en decadencia", las fuerzas armadas conservaban su poder en el interior del país y seguían representando la "garantía de estabilidad del régimen". Desde el punto de vista militar, son las fuerzas armadas más poderosas de la región, con 470.000 efectivos más 480.000 reservistas, cifra más que significativa para un país de 84 millones de habitantes.

Al margen de su actividad específicamente militar, las fuerzas armadas poseen una telaraña de empresas en sectores de alta rentabilidad como distribución de agua, agricultura, estaciones de servicio, hoteles, turismo, negocios inmobiliarios y tierras en el delta del Nilo y en las costas del Mar Rojo. Pero también controlan sectores estratégicos para la defensa como la siderurgia, la construcción e industrias de alta tecnología.

Ese sistema, por un lado, desahoga el presupuesto y contribuye a financiar una parte de la temible maquinaria bélica del país. Por otro lado, le permite modernizar el material sin recurrir a las arcas del Estado. Por último, como ocurre en otros países que tienen un complejo militar-industrial, las empresas de alta tecnología trabajan en estrecha cooperación con las fuerzas armadas para adaptarse a sus necesidades.

Todas esas empresas están dirigidas por oficiales retirados. Los ex militares también ocupan cargos de gobernadores, posiciones clave al frente de administraciones públicas o agencias del gobierno.

Con todos esos resortes bajo su control, los militares no participan en los asuntos corrientes de gobierno ni intervienen en política, y sólo participan en la toma de decisiones estratégicas o en los momentos cruciales.

En los últimos años, por ejemplo, el reflejo de clan se manifestó en el rechazo que suscitaron las ambiciones políticas de Gamal Mubarak, a quien su padre trataba de impulsar como delfín. Los militares también miran con recelo los movimientos de Mohamed el-Baradei para ubicarse como alternativa.

La determinación militar de no perder el control del poder se advirtió en la decisión de Mubarak de nombrar al general Omar Suleiman vicepresidente y al general de aviación Ahmed Shafik nuevo primer ministro. (Suleimán es amigo personal, hombre de su extrema confianza y padrino de boda de su hijo Gamal, pese a lo cual siempre fue hostil a la sucesión dinástica que preparaba Mubarak.)

Esas designaciones demuestran que Mubarak, aun en los momentos de mayor peligro, conserva sus reflejos de defensa del clan. En la hipótesis de una renuncia o de una destitución, la presencia de esos militares en la cúspide de la pirámide permitirán organizar una "sucesión institucional" ordenada, sin sobresaltos ni sorpresas, a fin de no perder la situación de privilegio que mantienen desde hace seis décadas.