Una deuda
monumental
Silvia Pisani
Enero de 2011
Nunca se sabe por cuánto tiempo y, en los días que
corren, eso no es una excepción. Pero lo cierto es
que bajo la sombra trágica del tiroteo de Arizona,
el tono político en Washington ha cambiado.
La retórica política no es tan incendiaria en el
Capitolio (los republicanos hablan ahora de guiarse
por la "decencia", como si antes no fuera ése su
norte) y el presidente Barack Obama ha repuntado en
las encuestas, algo que es poco menos que novedoso
para una presidencia que, en dos años, sólo conoció
el rumbo a la baja en popularidad.
Nuevos vientos soplan para abrir la maloliente caja
que toca procesar en estos días y de la que la
potencia no quiere hablar mucho. Pero lo cierto es
que la deuda de los Estados Unidos subió a su nivel
más alto en la historia y la situación se hace
políticamente insostenible. Para las estadísticas:
hoy, el endeudamiento norteamericano supera los 14
billones de dólares, lo que, en términos de
población, significa más o menos un pasivo de 45.300
dólares por cabeza.
Semejante carga demanda energías en la política
interna y en la internacional. El efecto más obvio
es un probable recorte en los planes de ayuda a
países del exterior.
Lo novedoso e incómodo para una superpotencia es la
inédita relación de fuerzas con que ese fenomenal
pasivo le obliga a enfrentar el mundo. Todo un
cambio de roles para un país acostumbrado a explotar
en su favor la dependencia financiera de otros y que
ahora pasa por esa situación frente a terceros.
El caso más palmario es China, hoy por hoy el mayor
tenedor de deuda norteamericana. Más allá de
pirotecnias, la diplomacia que esta semana ejerció
la Casa Blanca ante la visita de Estado del
presidente Hu Jintao, se entiende, también, ante la
mirada de esa especial relación de dependencia.
Pero es en lo local donde la fenomenal deuda empieza
a arder. Esta semana, un Obama mucho más firme y
fortalecido expondrá el problema en su discurso ante
el Capitolio y hará un llamado a que los
republicanos asuman su responsabilidad en la
materia.
Es posible que no puedan hacerse los distraídos. La
deuda no es cosa de uno y lo cierto es que las
cifras de este extraordinario pasivo no permiten
eximir de culpa a nadie.
La deuda nacional es la acumulación de años de
gastos gubernamentales desde los días de George
Washington. Usualmente, crece en tiempos de guerra y
retrocede en tiempos de paz, y eso ya da una pista
de por dónde vienen las cargas. De hecho, de acuerdo
con las cifras oficiales, casi la mitad del actual
pasivo fue creado apenas en los últimos seis años,
de los cuales cuatro corresponden al gobierno del ex
presidente George Bush.
El republicano entregó el gobierno a Obama con un
rojo de más de 10 billones de dólares, cimentado, en
buena medida, en las guerras que declaró en Irak y
en Afganistán.
En el frente externo, la dependencia se piloteó como
se pudo. En lo doméstico, llega ahora el momento de
hacer algo con eso por una razón muy simple: la
deuda federal está tocando ya el rojo permitido por
el Congreso.
De modo que quedan dos opciones por delante: o se
recorta de modo sangrante el gasto, o republicanos y
demócratas se juntan para tragar, juntos, el
indigesto sapo de aumentar, una vez más, el techo de
deuda permitido para el gobierno. Algo que,
seguramente, provocará iras en una población que,
alentada por la iracundia del Tea Party, está harta
del "derroche" de Washington.
Así, el Congreso está en los prolegómenos de esa
gran batalla. El batallón de legisladores
republicanos que militan en el Tea Party se frota
las manos: si algo esperan los millones de
simpatizantes que los votaron es justamente eso: que
recorten el presupuesto y que cumplan la promesa de
adelgazar el gasto anual en, por lo menos, 100.000
millones de dólares.
"Catástrofe", fue el término que, sin medias tintas,
utilizó el secretario del Tesoro, Timothy Geithner,
para alertar sobre lo que pasaría en caso de que el
techo de deuda no se elevara, como pretende.
La retórica apocalíptica no sólo es patrimonio del
responsable del rumbo económico de la potencia.
También el líder de la mayoría demócrata en el
Senado, Harry Reid, convocó a los fantasmas al
asegurar que no se puede "cerrar" el gobierno y
ventilar comparaciones con las crisis financieras de
Grecia y de Portugal.
Suena un poco exagerado. Pero lo curioso no es tanto
eso, como sí el hecho de que los demócratas
sembraran pánico en el Senado, cuando el problema
para votar un techo de gasto aún más alto lo tendrán
no tanto allí, sino en la Cámara de Representantes.
Aquí no sólo no cuentan con mayoría propia, sino
que, además, el nuevo presidente del cuerpo, el
republicano John Boehner, impulsó una serie de
cambios reglamentarios en el procedimiento del
cuerpo que podrían complicar aún más el aumento del
límite de deuda que espera el gobierno.
Obama cuenta a su favor no sólo con la
responsabilidad que toca a los republicanos en el
endeudamiento, sino también con la nueva etapa que
enfrentan como líderes de una de las Cámaras.
Porque, entre las cosas que se descubren al llegar
al poder es que una cosa es hablar de que se gasta
mucho y otra, muy distinta, tomar la tijera y
cortar.
Será un debate interesantísimo. Una potencia en el
papel que, tradicionalmente, cupo a países de famosa
mala economía e irresponsabilidad para el gasto y la
necesidad de encontrar una salida más allá de la
cosmética. Por suerte para Obama, ocurre cuando está
con popularidad en alza e indicios de que la
retórica partidista ha cedido algo en su virulencia
tras la herida que dejó la matanza de Arizona.