Valparaíso, Chile,

 

Pekín busca una nueva era de la globalización

Luisa Corradini

Enero de 2011

 

Si la ofensiva de seducción lanzada por China en la eurozona había pasado inadvertida para alguien, la visita a Madrid del viceprimer ministro chino, Li Keqiang, el pasado 5 de enero, no dejó lugar a dudas. Para demostrar la confianza de su gobierno en la economía española y "más ampliamente en las posibilidades de reactivación en Europa", Li se comprometió a comprar 6000 millones de deuda pública española.

A fines de 2010, en pleno marasmo financiero, China también se había interesado en las obligaciones de Grecia y de Portugal, aunque sin precisar la envergadura de sus eventuales inversiones.

Con esas decisiones, China, primer prestamista mundial, es fiel a su estrategia financiera: convertir el mercado europeo de la deuda en uno de sus principales objetivos, con el fin de diversificar sus gigantescas reservas de cambio que -alimentadas por sus excedentes comerciales- se elevan a más 2,6 billones de dólares.

Pero Pekín no limita su interés a obtener una mayor influencia en las políticas económicas de Bruselas. El objetivo principal es establecer una nueva era de la globalización, cuyos caminos comerciales, industriales, financieros y por qué no políticos converjan en China.

"China no busca una ruptura con el sistema actual. Por el contrario, está tratando de amoldar a su estilo todas esas reglas que son el núcleo central de la economía global -advierte el economista francés Elie Cohen-. Trata de inventar una mundialización posnorteamericana."

Con un crecimiento promedio del 9% desde 1978, sus exportaciones se multiplicaron por 49 y el ingreso per cápita es ahora ocho veces mayor que hace un cuarto de siglo.

En 2009 superó a Estados Unidos como el mayor productor de automóviles y a Alemania como primer exportador del planeta. Y este año, China será en el primer consumidor de energía.

Con la ayuda de su poderío financiero, Pekín está estableciendo lazos comerciales que le permiten vender no productos de consumo, sino artículos más sofisticados, como equipamiento industrial.

Sus bancos ayudan a muchos países a ampliar infraestructuras de energía a fin de acelerar su crecimiento, alentar el mercado bilateral y volverlos cada vez más dependientes de China. Con ese objetivo, sus autoridades se convirtieron en expertos en el arte de traducir su poderío económico en influencia política y diplomática, sobre todo en América latina y Africa, regiones donde sus intereses comerciales aumentan cada vez más.

En los últimos años, varios países importantes hallaron en Pekín, y no en Washington, su principal socio comercial: Japón o Corea del Sur, pero también Brasil o Australia.

Todas las regiones están en la mira de Pekín. En los últimos dos años, el Banco de Desarrollo de China otorgó préstamos a otros países emergentes o compañías por más de 65.000 millones de dólares, según Erica Downs, de la Brookings Institution.

Esta estrategia no sólo le sirve a China para exportar productos y su influencia: también busca reducir su dependencia de Estados Unidos. Es verdad que el consumidor norteamericano es aún uno de los motores de la economía mundial, pero la mitad de las exportaciones chinas van ahora a otros países en desarrollo.

La multiplicación de mercados permite a Pekín diversificar sus reservas en divisas, y así reduce la omnipresencia del dólar en su caja. Gracias a esa influencia global, desde hace tiempo plantea en foros internacionales la necesidad de abandonar el dólar como principal moneda de reserva. Pero ese vertiginoso avance provoca cada vez más recelos. China también significa una amenaza para sus vecinos asiáticos, en particular la India, segundo coloso regional. Adversarios históricos, ambos se miran con desconfianza desde la guerra que los enfrentó en 1962 y que concluyó con la humillante derrota india. Nada de eso, sin embargo, es comparable con las ambiciones geoestratégicas de Pekín. Mientras los gastos militares occidentales se reducen cada año, China aumentaría el 7,5% su presupuesto en ese sector hasta alcanzar a 77.900 millones de dólares. Para justificarse, Pekín afirma que el país nunca desarrolló políticas de expansión militar.