Valparaíso, Chile,

 

Un cambio de estrategia, no de ideología

Matt Bai

Enero de 2011

 

Casi todo lo que se decía anteayer en los círculos demócratas, después que se hizo público que el presidente Barack Obama había elegido a William Daley como jefe de gabinete, se refería a un retorno a la década de 1990.

El consenso era que Obama, que en un momento se presentó como una clara alternativa a la conveniencia política de la era Clinton, había elegido, finalmente, el camino del centrismo clintoniano por encima de un retorno a ideales más audaces y progresistas.

Sin embargo, si esa opinión generalizada era correcta, lo era tan sólo a medias, y pasaba por alto el significado más amplio de la decisión de Obama. De hecho, el presidente está volviendo a la era Clinton, pero ese gesto tiene menos que ver con la ideología que con una teoría sobre el poder presidencial y cómo usarlo.

Desde las elecciones de noviembre, Obama fue criticado por ambos bandos por la división ideológica de larga data que sufre su partido.

Los más progresistas argumentaron que la derrota se produjo por la carencia de convicción populista, y le pidió a la Casa Blanca que se pusiera más dura con los conservadores y las corporaciones. Los demócratas de molde clintoniano consideraron las elecciones como prueba de que la administración y sus aliados en el Congreso se desviaron demasiado a la izquierda y han instado a seguir un enfoque más bipartidario.

Ambos sectores interpretaron las designaciones de Daley y de Gene Sperling como principal asesor económico de la presidencia como una señal de que Obama esencialmente decidió unirse a los centristas.

"Tiene muchas opiniones que tenderán a conducir a la administración en la dirección exactamente equivocada", dijo, sobre Daley Roger Hickey, de la organización progresista Campaña por el Futuro de América.

Mientras tanto, en una declaración, el grupo de centro Tercera Vía, de cuya junta directiva es miembro Daley, celebró su designación al calificarlo como alguien que "sabe exactamente cómo ayudar mejor al presidente a recuperar el centro de la política norteamericana".

Obama parece repudiar la teoría progresista de las elecciones: en vez de ir a la guerra contra los republicanos y las grandes corporaciones, procura recomponer ambas relaciones. Y, sin embargo, si las designaciones de Daley y Sperling auguran alguna clase de ruptura ideológica con la postura que la Casa Blanca adoptó en los últimos dos años, no queda en claro cuál sería esa ruptura.

Las políticas de Daley son esencialmente indiscernibles de las del hombre al que reemplaza, su conciudadano Rahm Emanuel (quien, al igual que Daley, se enriqueció trabajando para un banco de inversión).

Se dice que ambos son pragmáticos a los que les importa menos la política que la concreción de objetivos, y los progresistas nunca estuvieron más contentos con Emanuel que con la elección de su sucesor. De manera similar, Sperling, que trabajó para Goldman Sachs antes de integrarse a la administración de Obama, puede ser calificado de pensador de centro. Pero, por cierto, no es más centrista que su predecesor, Larry Summers, veterano de la administración de Clinton, que también tuvo un lucrativo paso por Wall Street. En otras palabras, las últimas designaciones parecerían representar una continuación del rumbo ideológico que Obama mantuvo desde antes de asumir, más que un cambio sustancial de su visión del mundo.

Pero al cubrir dos de los roles más críticos en su administración, Obama imitó el ejemplo de los años de Clinton en un sentido más importante. Dio señales de que está dispuesto a llevar su campaña a favor de sus prioridades legislativas directamente a los norteamericanos, tal como hacía Bill Clinton, en vez de limitarse a los 535 legisladores del Congreso.

Obama designó la Casa Blanca más centrada en el Congreso de toda la historia moderna. Su ala izquierda está dominada por ex asistentes parlamentarios, encabezados por un vicepresidente que sirvió durante 35 años en el Senado y, recientemente, un jefe de gabinete sacado del liderazgo de la Cámara de Representantes.

Esa incesante concentración en las relaciones parlamentarias ayudó a Obama a conseguir la aprobación de una serie de iniciativas importantes en la primera mitad de su mandato. Pero también ejerció el efecto de enredar a Obama en los detalles más arcanos de las negociaciones legislativas, cuando tal vez le hubiera convenido más defender firmemente su agenda ante un público nervioso. Ahora, Obama parece decidido a concentrar su atención afuera, en el resto del país. Daley tal vez no conozca el camino a través de todos los laberínticos pasillos del Capitolio, pero aporta a la administración una sólida estructura de campaña.

"Tiene un conjunto de experiencias y capacidades que serán muy útiles para Obama", dice John Podestá, ex jefe de gabinete de Clinton. "Eso resulta realmente útil para dejar de lado la idea de que la presidencia se define tan sólo por medio de su relación con el Congreso, en vez de usar todas las herramientas de autoridad de las que dispone el presidente."

De manera semejante, Sperling es conocido como un hombre políticamente sofisticado, obsesionado por la política con larga experiencia como asesor de demócratas. Su trabajo junto a Obama estará basado en aquello que puede incidir sobre los votantes y de qué manera.

Estas designaciones sugieren que Obama se está preparando para una amplia campaña pública? o más bien para dos campañas. La primera empieza ahora, cuando trata de presentarse como un reformador que no está en deuda con ningún partido, que esquiva los ataques partidarios de adversarios más débiles.

La segunda campaña se iniciará pronto, cuando Obama mire hacia 2012 con la esperanza de convertirse en el segundo presidente demócrata desde Franklin D. Roosevelt, elegido dos veces consecutivas. El otro, por supuesto, fue Bill Clinton.