El cristianismo,
objeto de persecución
Marcos Aguinis
Enero de 2011
La criminal agresión contra una iglesia copta en
Alejandría, que dejó decenas de muertos y heridos,
es sólo una muestra irrefutable de la campaña contra
las minorías cristianas que se viene desplegando en
Africa y Asia desde hace décadas, con el silencio
culposo del resto del mundo. Esta agresión no se
limita a intimidar personas, expulsarlas y
recortarles sus derechos, sino que llega al
asesinato.
El cristianismo, desde que consiguió terminar con
las persecuciones romanas y convertirse en una
religión dominante, no ha conocido otras heridas que
las que se infligieron entre sus propias
denominaciones o en las campañas de expansión. A
partir del siglo XIX y gran parte del XX, la
democracia y el enciclopedismo impulsaron hondas
reflexiones eclesiales en todas las instituciones
cristianas. El Concilio Vaticano II, convocado por
el revolucionario papa Juan XXIII, alcanzó el nivel
de los paradigmas. El cristianismo dejó atrás su
modalidad parcialmente inquisidora y se volcó de
forma decidida hacia la libertad y el respeto por la
diversidad en materia de fe. Excepto algunas
minúsculas -aunque todavía hostiles- sectas
fundamentalistas, el océano mundial de los
cristianos apoya y practica la tolerancia en el
campo religioso.
Gracias a su noble impulso, proliferan encuentros
ecuménicos y manifestaciones fraternales. Pero
obstruye la visión sobre el sufrimiento que padecen
comunidades cristianas minoritarias. Pese a la
globalización, en muchas regiones aún predomina la
barbarie. Los esfuerzos para avanzar hacia el
diálogo, que abundan en Occidente, no emocionan ni
penetran a numerosos sectarios. Para colmo, muchos
gobiernos e infinidad de organizaciones prefieren
poner sordina ante los crímenes porque suponen que
erguirse contra esos fanáticos hace el juego a la
discriminación, la xenofobia y la intolerancia.
Creen que ajusticiar a quienes persiguen y matan
cristianos contradice sus postulados pacíficos. Por
eso, las pocas voces que se expresan, aunque muy
alarmadas, cuidan en extremo los vocablos.
El pecado mayor no reside en enfrentar con energía a
los salvajes, sino en dejarlos hacer, impunemente.
Muchas agresiones religiosas todavía tienen lugar en
países democráticos y modernos, pero contra ellas
pelean organizaciones de diverso tipo. No ocurre así
donde falta la democracia y reina el sectarismo. Ni
siquiera la prensa o las organizaciones que
defienden los derechos humanos se dedican a
investigar y denunciar esos horrores con la energía
que corresponde.
La ONG llamada Mechric (Comité Cristiano del Medio
Oriente), formada por instituciones de Irak, Líbano,
Sudán, Irán, Siria y todo el norte de Africa, fue
fundada en 1981 para monitorear las agresiones que
se venían cometiendo contra las poblaciones
cristianas desde el océano Indico hasta el
Atlántico. La reciente masacre contra la importante
iglesia copta de Alejandría determinó que esa
entidad publicase un documento en el que -¡por fin
con palabras claras!- condena a sus autores directos
e intelectuales. "Este acto atroz fue realizado por
los seguidores jihadistas de una ideología criminal
corporizada por Al-Qaeda, la red Salafi y sus
aliados, que están infiltrando las elites de toda la
región". Mechric presenta sus condolencias a las
víctimas y sus familiares y urge a los pueblos
cristianos del orbe a movilizarse en favor de sus
hermanos y hermanas del Medio Oriente, gravemente
amenazados por una permanente discriminación.
"También convocamos a los sectores democráticos y
las organizaciones defensoras de los derechos
humanos de los países árabes y musulmanes a condenar
la barbarie cometida contra los coptos de Egipto y
contra los cristianos de Irak y otras regiones de la
zona. Sostenemos que el gobierno de Egipto es
responsable por la suerte de los ciudadanos coptos".
Emplaza, asimismo, a las Naciones Unidas, porque
esas matanzas y profanaciones se vienen realizando
desde hace décadas, sin que se hayan adoptado
iniciativas para acabar con ellas.
Visité Alejandría hace poco tiempo, con el corazón
latiéndome en la garganta. La recorrí en todos los
sentidos y contemplé sus paisajes imaginándome que
también los habían disfrutado cantidad de sabios,
historiadores, filósofos, santos, poetas y
guerreros. Hice abstracción de los edificios
vulgares que empezaron en la época de Nasser y
destrozaron cantidad de lugares significativos, para
imaginarla en sus momentos de esplendor. Allí había
vivido y escrito Lawrence Durrell su maravilloso
Cuarteto de Alejandría , donde anticipaba la
angustia de los coptos ante la inminencia de las
persecuciones. Ya no es el mejor lugar turístico de
Egipto, porque se prefieren los balnearios
construidos por los israelíes junto al mar Rojo.
Pero sigue su población fija y sigue habiendo
coptos, cuya iglesia visité con el respeto que
merece la antigüedad y el valor simbólico que
exhala: los coptos conforman una de las
denominaciones cristianas más antiguas de la
historia, y aseguran haber sido evangelizados por mi
tocayo San Marcos. La comunidad copta ha contribuido
a la riqueza espiritual y material de Egipto. Se fue
reduciendo a sólo el 10 por ciento por una
sistemática discriminación que no cesa de aumentar.
Lo mismo sucede en otros países de Medio Oriente:
disminuyen los cristianos. No es un secreto que en
Arabia Saudita está terminantemente prohibido
construir una iglesia o exhibir una cruz, pese a que
ese país construye mezquitas suntuosas por doquier .
Tampoco está permitido construir iglesias ni exhibir
símbolos cristianos en la Franja de Gaza. Con el
gobierno de la Autoridad Palestina, el hijo de un
peluquero en la ciudad de Qalkilya fue encarcelado
por el presunto crimen de haber formulado dudas
respecto al islam; en Belén fue intendente durante
décadas un cristiano; ahora, el intendente es
musulmán. Los católicos también están desapareciendo
de Irán, pese a que los voceros mentirosos del
gobierno afirman lo contrario. No cesan de disminuir
los maronitas en el Líbano, y casi no quedan en
Siria.
Las matanzas ocurridas en Sudán a los largo de
muchos años por hordas sedientas de sangre que
irrumpían en las aldeas cristianas conforman una
muestra del más extremo horror. Ni hablar sobre el
genocidio de Darfur. Es indignante, porque Sudán
seguía formando parte de las Naciones Unidas y hasta
era incorporado a comisiones vinculadas con los
derechos humanos. La prensa, mientras, apenas dejaba
caer noticias sobre la masacre. Y ni desde los
países vecinos ni desde los lejanos se producían
gestos que obligasen a que las autoridades apagaran
ese infierno. Era una clara guerra de exterminio que
no quería cesar hasta la decapitación del último
cristiano. El mismo cardenal Gabriel Zubeir Wako,
arzobispo de Khartum, la capital, evitó por
casualidad ser asesinado mientras celebraba misa.
En Eritrea se propagó la fantasía conspirativa de
que los cristianos deseaban voltear la junta
dictatorial y se puso en marcha una campaña para
"limpiar" el país de los subversivos que portan una
cruz. En Bagdad hubo un asalto a la catedral, en
medio de la misa, y se asesinó a 58 personas, entre
ellas mujeres y niños. Ese salvajismo irrefrenable a
veces adquiere una grotesca tonalidad, como la
obligación impuesta en Argelia a las mujeres
cristianas para casarse de inmediato o ir presas,
con el objeto de mantener la "moralidad" de las
costumbres. ¡Vaya moralidad!
En la misa de Nochebuena, el Papa manifestó su
angustia por la persecución que sufren los
cristianos. Me recordó el mensaje Mit brennender
Sorge (Con ardiente inquietud') que Pío XI produjo
ante el ascenso del nazismo. Pero así como el texto
de Pío XI fue leído en voz baja por miedo a la
represión, el de Benedicto XVI no ha producido aún
el cimbronazo que corresponde. Horas después, el
cimbronazo estalló en Bagdad, donde explotaron
numerosas bombas en viviendas de cristianos. La
respuesta fue clara: esos asesinos no se amilanan
ante simples discursos. El resultado fue un
incremento del éxodo de familias cristianas hacia el
Norte, donde la población kurda no es tan fanática
en materia de religión, como, desgraciadamente, los
sunnitas y chiitas.
Durante la dictadura del general Muhammad Zia en
Paquistán se sancionó una ley contra la blasfemia.
El término "blasfemia" es vago, porque incluye desde
una expresión insultante hasta una ingenua duda
sobre las verdades del Corán. Provee al gobierno de
un arma que deja encarcelar o ejecutar a cualquier
opositor, endilgándole ese crimen -aunque haya dicho
algo en la intimidad o que ni siquiera lo haya
dicho, pero se le atribuye-. La acusación de
blasfemia es imposible de refutar: siempre se cree
más al que denuncia. Por casualidad, trascendió que
dos jóvenes cristianos de la ciudad de Ahwali
debieron ocultarse por las amenazas de ser quemados
vivos por blasfemar. Otros dos jóvenes no tuvieron
la misma suerte. Acaban de asesinar a un político
que pretendía terminar con esta aberración jurídica.
No son menores los castigos en Egipto. Allí fueron
incendiadas numerosas viviendas en la aldea sureña
de Al Nawahid, en la provincia de Kena, porque se
rumoreaba que un cristiano tenía relaciones amorosas
con una joven musulmana. El intelectual egipcio
Tarek Heggy manifestó en Otranto, Italia, que "los
coptos están pagando el precio por la creciente
islamización de la sociedad. La islamización
creciente de las últimas décadas es la responsable
por la intolerancia que se expande". "La Hermandad
Musulmana oculta sus propósitos de hegemonía
política tras su red de ayuda social, servicios
médicos y educación para los sectores más
desprotegidos". Es la técnica que también emplea
Hamás en Gaza. "La rica literatura y poesía árabe es
sustituida por textos sagrados", agregó Heggy. Hasta
1960 Egipto fue una sociedad mediterránea y después
declinó hacia una árabe-beduina, que no sólo influye
en la educación, sino en los diarios, la radio y la
televisión.
Estos medios demonizan a los cristianos. Sin decirlo
con claridad, los sectarios prefieren un Medio
Oriente Christenrein (limpio de cristianos), así
como ya lograron que sea Judenrein (limpio de
judíos) al expulsar 600.000 judíos entre 1948 y
1949. Para completar este último objetivo, sólo les
falta deslegitimar a Israel y luego borrarlo
impunemente del mapa. En cambio, para terminar con
los cristianos bastaría el terror. Mientras, claro,
el resto del mundo se mantenga escondido tras su
detestable indiferencia. Y los musulmanes
democráticos y moderados -que, se dice, son la
mayoría- sigan haciendo mutis por el foro.