El ajuste de
Evo, Hugo ¿y Cristina?
Carlos Pagni
Enero de 2011
El domingo de la semana pasada, el presidente de
Bolivia, Evo Morales, aumentó el precio de los
combustibles entre el 57 y el 83%. Después quiso
corregir el malestar con una mejora salarial del
20%. Pero la convulsión social lo obligó a volver
sobre sus pasos: anteayer los decretos que
provocaron la crisis fueron derogados.
El miércoles pasado, el ministro de Planeamiento y
Finanzas de Venezuela, Jorge Giordani, eliminó el
dólar preferencial de 2,60 bolívares que disfrutaron
las importaciones de alimentos y medicinas. Desde
hoy se aplicará una paridad de 4,30 bolívares. En
otras palabras, Hugo Chávez dispuso encarecer la
canasta básica de consumo un 65% en dólares.
En la Argentina, las Fiestas transcurrieron en medio
de la escasez de luz, de agua y de combustibles.
Irrumpe en tres escenarios diferentes, pero la
noticia es una sola: el "modelo bolivariano" está
agotado. Es decir, la pretensión de subsidiar el
consumo de amplias capas de la población por encima
de las posibilidades de la propia economía se volvió
insostenible y colapsó. En Bolivia y en Venezuela,
el naufragio llegó con un ajuste feroz de precios.
Un "rodrigazo", se diría en la Argentina. Cristina
Kirchner prefiere que los límites aparezcan de otro
modo: prefiere jugar la carta del desabastecimiento,
es decir, interrumpir el suministro de nafta, gasoil
o electricidad.
La peripecia de Morales está llena de lecciones.
Para defender su decreto, explicó que las
importaciones de combustibles habían alcanzado en
2010 los US$ 600 millones. Recordó que compran en el
exterior el litro de gasolina "a 8 bolivianos para
venderlo a 3,74". El barril de petróleo, que cuesta
US$ 90 en el mercado internacional, en Bolivia está
a US$ 27. El Estado ya no puede solventar estas
diferencias de precios. En Bolivia, los subsidios a
los carburantes pasaron de US$ 100 millones en 2005
a US$ 380 millones, en el año que acaba de terminar.
Ante esa barrera, Morales ordenó un tarifazo que
hubiera hecho titubear a Margaret Thatcher. Fue
indigerible desde lo social y político. En vez de
viajar a Brasilia para saludar a Dilma Roussef,
Morales debió quedarse en La Paz para corregir sus
resoluciones.
Hugo Chávez se vio obligado a devaluar porque ya no
podía seguir abaratando con fondos públicos las
mercaderías de consumo popular. El ajuste recae
sobre los alimentos y remedios, que en un 70% son
importados. Habría que prever una disparada de la
inflación, que durante el chavismo es la más alta
del mundo: 27% según datos oficiales. Además, Chávez
acaba de expulsar a 1800 empleados públicos.
Cristina Kirchner se encamina hacia la encrucijada
que hoy aflige a sus hermanos bolivarianos. La
inconsistencia de su política energética es
conocida: el congelamiento de tarifas estimula la
demanda, pero desalienta la inversión, por lo que la
oferta se restringe cada vez más.
El consumo eléctrico domiciliario aumentó para fin
de 2010 un 15% respecto del año anterior. Durante el
año, estuvo un 30% por encima del registrado en
2008, antes de la recesión internacional. Es la
fiesta de consumo que enorgullece al Gobierno.
Claro: las tarifas de gas y electricidad son un
sexto de las de Brasil y un décimo de las de
Uruguay.
Una de las estrategias del kirchnerismo para
resolver el desequilibrio es cortar la luz. Sobre
los cables y transformadores pasa el doble de
electricidad que hace ocho años, y esa
infraestructura no fue ampliada porque la inversión
carece de rentabilidad. Por lo tanto, el ajuste se
realiza interrumpiendo el servicio.
Los consumidores reciben prestaciones cada vez más
deficientes. Eso sí: pagan lo mismo, aun pudiendo
pagar más. La Presidenta, ya se sabe, es más
inteligente que el mercado.
Gracias a esa clarividencia, muchas familias pasaron
las Fiestas a oscuras, sobre todo en los barrios de
clase media baja, donde se adquirieron más
electrodomésticos en los últimos años. Como desde el
Gobierno se dispuso cortar el servicio eléctrico de
algunas plantas de AySA, hubo casas que, además, se
quedaron sin agua. También les faltó energía a
muchísimas plantas industriales. La metáfora
perfecta de este paisaje la encarnó Julio De Vido:
el demiurgo del "modelo" se casó a oscuras, y en su
fiesta de Puerto Panal los invitados caían como
abejas achicharradas.
El kirchnerismo no sólo apaga la luz. Como
desalienta la producción de energía, importa el
faltante a precios altísimos. Hasta ahora, ese costo
fue subsidiado por el fisco. Es el método que acaba
de estallar en Bolivia y Venezuela. En la Argentina,
ese camino está sembrado de incógnitas
macroeconómicas. Durante el año pasado, hubo que
importar energía por US$ 4500 millones. Este año, se
prevé que habrá que hacerlo por US$ 6000 millones.
Para que los consumidores pudieran disfrutar de
precios congelados, el Tesoro pagó en 2010 subsidios
por $ 20.000 millones.
Estos datos se integran al problemático panorama del
comercio exterior. Si se compara 2010 con 2009, las
importaciones subieron un 45% y el superávit
comercial disminuyó un 25%. Son cifras importantes.
Revelan que el mercado internacional ya no aportará
los dólares necesarios para el nivel actual de
crecimiento. He aquí el problema: el kirchnerismo
es, por naturaleza, expulsor de capitales. En años
de tranquilidad, provoca salidas de alrededor de US$
10.000 millones. ¿Con qué se va a financiar esa fuga
si, por la reducción del superávit comercial,
comienzan a escasear las divisas?
Los economistas recomiendan sacrificar algún punto
de crecimiento en homenaje a un nuevo balance
macroeconómico. Aconsejan, por ejemplo, subir la
tasa de interés para moderar la fuga de divisas.
Pero, para Amado Boudou, eso sería enfriar la
economía. Y él, siempre sofisticado, ya aclaró: "La
economía es como el amor: cuanto más caliente,
mejor". Esta ley, sumada a aquella otra según la
cual la inflación no afecta a los pobres, ha llevado
a las ciencias económicas a incorporar el neologismo
"boudoudeces", sugerido por el ruralista Eduardo
Buzzi.
Lo perciba o no Boudou, en la Argentina está
alcanzando su última frontera la concepción que hace
agua en Venezuela y Bolivia. Denominar "modelo
bolivariano'' a esa forma de administrar los
recursos puede hacer pensar que lo que está entrando
en dificultades es un experimento novedoso.
No es así. América latina está en presencia del
enésimo fracaso de una corriente populista que se
niega a incorporar a su bagaje intelectual una
noción elemental: la noción de restricción. Chávez,
Morales, Cristina Kirchner están despertando,
sobresaltados, del sueño dogmático que supieron
abandonar François Mitterrand, Michel Rocard, Felipe
González, Tony Blair, Ricardo Lagos, Lula da Silva,
José Mujica, Alan García o Dilma Rousseff, cuando
admitieron que no hay política económica progresista
susceptible de ser edificada sobre la ilusión
infantil de gobernar sin costos.
No es un dato aleatorio que los representantes de la
paleoizquierda hayan llegado al poder cuando sus
países -Venezuela, Argentina, Bolivia- eran agitados
por crisis sociales. Chávez, Morales, los Kirchner
han gobernado con un sentimiento de pánico; el temor
a que cualquier mala noticia convocara de nuevo al
estallido. Huyeron de ese desenlace por un sendero
que los condujo a ese desenlace. En Caracas, en La
Paz, en Buenos Aires, comienza a advertirse que la
sonrisa permanente esconde un truco; comienza a
romperse el hechizo de la fantasía demagógica.