Guerras del
siglo XXI
Luisa Corradini
Diciembre de 2010
La historia de la humanidad estuvo siempre marcada
por las nuevas tecnologías que revolucionaron el
arte de la guerra: la rueda, el acero, la pólvora,
el avión, el radar o la fisión nuclear. Lo mismo
sucede con Internet, que fue pensada, en realidad,
para suplir los medios de comunicación tradicionales
de Estados Unidos en caso de conflicto nuclear.
La cibernética transformó la economía, pero también
dio a las fuerzas armadas occidentales la increíble
posibilidad de enviar misiles o aviones sin piloto
hasta sitios remotos, reunir información o lanzar
ataques. Pero la tecnología digital también expuso a
esos mismos ejércitos y a sus sociedades al peligro
de apocalípticas agresiones digitales, capaces de
diseminar virus y paralizar toda la infraestructura
de un país.
Esa amenaza es seria porque las sociedades modernas
dependen cada día más de los sistemas de
computadoras conectados con Internet, y esto ofrece
a los enemigos un sinnúmero de posibilidades de
ataque. Centrales eléctricas, refinerías, bancos y
sistemas de control aéreo pueden ser neutralizados
en segundos. En ese caso, la vida de miles de
personas estaría en riesgo.
El ciberespacio se ha transformado en el quinto
terreno de la guerra, después de la tierra, el mar,
el aire y el espacio. Algunos escenarios evocan un
colapso instantáneo de los sistemas que permiten
funcionar al mundo moderno. Según esa caótica
hipótesis, los sistemas informáticos colapsarán; las
fábricas y plantas químicas explotarán; los
satélites se saldrán de sus órbitas, y las redes
financieras y de poder quedarán paralizadas.
Esos son algunos de los escenarios catastróficos
evocados por muchos responsables militares
norteamericanos, que consideran que Estados Unidos
está a merced de un Pearl Harbor digital.
Para el ex jefe de espías estadounidense, el
vicealmirante retirado Mike McConnell, los efectos
de una ciberguerra total son perfectamente similares
a un ataque nuclear. "La ciberguerra ya comenzó
-afirma-. Y Occidente la está perdiendo."
Para otros, esa convicción es demasiado alarmista.
"La ciberguerra no existe", responde el gurú de la
industria de la seguridad Bruce Schneider. "El
ciberespacio seguramente formará parte de cualquier
guerra futura, pero un ataque apocalíptico contra
Estados Unidos es difícil y poco plausible de
realizar fuera de un contexto bélico. Y, en ese
caso, todos conocerán al culpable", explica.
Los detractores de la obsesión por la seguridad
también señalan que se suele confundir
ciberespionaje y ciberguerra. "Son dos cosas
diferentes -precisa Schneider-. Lo que estamos
acostumbrados a ver son grandes operaciones de
espionaje cibernético internacional. Esas prácticas,
ejecutadas por muchos países, no pueden ser
consideradas una ciberguerra."
Sin embargo, los casos de agresiones digitales
contra Estados son cada vez más numerosos. En junio
último, los especialistas descubrieron un virus
destructor denominado Stuxnet, que fue introducido
en Irán en un pen drive. Sus inventores lo educaron
para tomar el control de los motores Siemens que
hacen funcionar las centrifugadoras de las centrales
nucleares del régimen de los ayatollahs. Ese
minúsculo instrumento era tan sofisticado que casi
no hay dudas de que había sido preparado por un
Estado. Irán reconoció los efectos del ataque y los
expertos quedaron asombrados por su eficacia.
"El efecto detectado en las computadoras de las
instalaciones nucleares de Natanz y Bushehr tiene
aterradoras implicaciones para todos los países",
advierte Issac Porche en el Bulletin of the Atomic
Scientists . "No hay que olvidar que los gasoductos,
fábricas químicas y centrifugadoras nucleares de
Estados Unidos también dependen de equipos
similares", precisó.
La primera víctima
El concepto de ciberguerra apareció por primera vez
en Estonia en 2007. La pequeña república báltica,
independiente desde 1991, se oponía por entonces a
Moscú por la suerte de un soldado de bronce que las
autoridades querían desplazar. En medio de
enfrentamientos entre nacionalistas estonios y
militares rusohablantes, unos inusitados ataques
informáticos paralizaron el país durante tres
semanas.
"Existen cada vez menos conflictos en el planeta que
no estén acompañados de ataques informáticos",
explica el especialista francés Patrick Pailloux.
Pocas semanas antes de la guerra que libraron Moscú
y Tiflis en agosto de 2008, Georgia padeció la
parálisis de sus sitios web durante varios días.
Eses mismo año, antes de los Juegos Olímpicos de
Pekín, cuando las manifestaciones protibetanas
perturbaban el viaje de la antorcha olímpica, la red
internacional del Dalai Lama fue atacada. En 2009,
las instituciones de Corea del Sur y de Estados
Unidos, países considerados enemigos por Corea del
Norte, padecieron asaltos que provocaron serias
perturbaciones de sus sistemas informáticos Y la
lista se extiende.
El ciberespacio se ha transformado en un medio de
acción, de protesta, de espionaje o de ataque.
"Desde que aparece un conflicto, el escenario de
conflictividad se desplaza instantáneamente a
Internet", señala Pailloux. Y a medida que el tiempo
pase, esos ataques serán más sofisticados y más
graves.
Los soldados del futuro
Los combatientes convencionales son, gradualmente,
reemplazados por sistemas informáticos y por
máquinas que cumplen funciones de guerra. El
objetivo: atacar las principales instalaciones
nucleares.
Shock cibernético coordinado en industrias clave: de
plantas de agua y energía a fabricantes de
automotores.
El sistema informático nacional, en la mira:
organismos estatales, bancos, medios de comunicación
y redes de telefonía móvil.