Otro drama que
desnuda los contrastes de Chile
Carlos Vergara
Diciembre de 2010
Empinado en las encuestas desde el feliz rescate de
los 33 mineros a mediados de octubre, el presidente
chileno, Sebastián Piñera, volvió a tierra la semana
pasada con una decepcionante encuesta de Adimark que
reflejó una caída de 13 puntos en su popularidad.
Así, perdió casi todo lo que había ganado con esa
gran gesta humana y tecnológica que lo puso en las
portadas de los diarios de todo el mundo.
Su gran acierto, reconocido por todos, fue haber
sido rápido y seguro a la hora de tomar la decisión
de involucrarse en el rescate, a sabiendas de que
podría terminar cargando con la responsabilidad de
más de una treintena de muertes por
irresponsabilidades que no le competían.
Lo de los mineros fue la mejor demostración de sus
promesas de campaña, con una actuación en el terreno
sin descanso. Le permitió también marcar distancias
con la pasmosa pasividad de la Concertación en
episodios de emergencia, como la lentitud de
reacción de su antecesora Michelle Bachelet tras el
sismo de febrero, la misma que hasta el día de hoy
es fuertemente cuestionada por el oficialismo.
Esta vez, sin embargo, Piñera y los suyos no
tuvieron una reacción feliz. El brutal hacinamiento
en las cárceles chilenas -con un promedio del 70%-,
con una población penal que aumentó peligrosamente
año tras año, no es su responsabilidad. Eso está
claro. Pero la prometida reforma carcelaria tampoco
ha sido prioridad del actual gobierno, más
preocupado por trámites y cuentas cortoplacistas.
El drama de los miles de chilenos sin casa a causa
del devastador sismo y ahora el de los presos
muestran nuevamente el lado B de un Chile que dista
mucho del país decidido que, sin escatimar en
gastos, consiguió sacar de las entrañas de la tierra
a los 33 mineros.
La imagen que recorrió el mundo, la de Piñera
mostrando el ya clásico papelito "Estamos bien en el
refugio los 33", no se condice con las contrastantes
realidades que viven hoy millones de chilenos
postergados por las causas más diversas.
La reacción en materia de comunicaciones también
volvió a fallar. Tal como a principios de año,
cuando tras el sismo sus voceros se equivocaron en
el número de muertos y desaparecidos, ayer Piñera
volvió a trastabillar: anunció que hubo 83 muertos,
cifra que debió ser rectificada sólo minutos más
tarde.
El gobierno tampoco consiguió canalizar
adecuadamente el número y nombre de los
sobrevivientes, lo cual sí fue conseguido por
parlamentarios de izquierda. Esto dejó como vocero
de las escasas buenas noticias de ayer a un diputado
comunista, principal adalid de los alegatos por los
derechos humanos, en los cuales los presos siempre
han sido un argumento potente.
Casi a modo de infeliz coincidencia, hoy se dará a
conocer el informe del Instituto de Derechos
Humanos, con un capítulo especial sobre el estado de
la población penal en Chile, el cual ya se
anticipaba devastador incluso antes de esto.
En términos históricos, la Concertación tampoco
puede lavarse las manos. Unos siete muertos y dos
heridos en esta misma cárcel, en 2000, también por
un incendio; 26 muertos en la cárcel de Iquique, en
2001, por un siniestro producido después de un
motín; nueve muertos por otro incendio en
Concepción, en 2003. Las preguntas variaban, pero
las respuestas fueron siempre las mismas: marcado
hacinamiento, desastrosos o inexistentes programas
de rehabilitación.
Con toda seguridad, la tragedia de la cárcel de San
Miguel volverá a golpear en las encuestas a la
administración de Piñera. Pero esta vez tiene una
oportunidad única de apostar por un premio mayor y
hacer la gran reforma que el país tanto espera,
ampliando la cantidad de cárceles, esta vez
privadas, con un modelo nuevo de construcción que
incluya un plan de rehabilitación de reos, también
manejado por privados.
Esta tarea, a diferencia del rescate minero, poco
tiene de efectista. Por contrapartida, el potencial
legado para Chile puede darle a Piñera la
posibilidad de reclamar su lugar en la historia como
un presidente reformista.